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domingo, 28 de octubre de 2012

El canto de amor indio "Siboney"


El canto de amor indio "Siboney"
enviado a ArquiNoticias por José Luis Alvarez Fermosel El Caballero Español



El insigne músico cubano Ernesto Lecuona compuso uno de los más bellos cantos de amor,Siboney, en recuerdo del indio caribeño de ese nombre, el que inventó el fumar aspirando el humo del tabaco encendido por dos horquillas de caña que se introducía en los orificios nasales: el indio más antiguo, puesto que fue el que recibió a Colón.
Siboney es la pieza de música cubana más tocada en todas partes, incluyendo el cine de Fellini: ver y oir Amarcord. El músico español Teté Montoliú interpretó en su piano una versión de Siboney que es una subversión por ser su instrumento un piano de jazz, recordó el gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante (Tres tristes tigres) en un ensayo sobre Ernesto Lecuona publicado en Babelia, el suplemento de cultura del diario El País de Madrid.






Considerado como el más eximio cultor de la zarzuela cubana, Ernesto Lecuona fue también autor de canciones y danzas universalmente difundidas y aplaudidas: como Damisela encantadora, Siempre tú en mi corazón, María la O, Noche azul y Para Vigo me voy; en ésta última prevalece la alegría del emigrante gallego que retorna a su patria chica, pidiéndole a su negra amante caribeña que le diga adiós; ella vivirá desde entonces sin amor y con tristeza en el rudo maniguay.
El magnífico barítono dominicano Eduardo Brito cambió manigüal por maniguay, y así quedó para siempre.
Fundador de la Orquesta de La Habana. Lecuona daba conciertos de piano a los cinco años. A partir de los 22 hizo presentaciones en Nueva York, España y Francia. Compuso la Suite Española y Andalucía, a la que pertenecen las canciones Canto CarabalíLa Comparsa yMalagueña.

Grace Moore

Siboney fue el “trademark” de Ernesto Lecuona. Yo escuché la canción por primera vez, de niño, en la hermosísima voz de Grace Moore –no era ella menos hermosa-, en la película estadounidense “When you´re in love”, que significa Cuando te enamoras. En España se dio, muchos años después de estrenada en Hollywood, con el título de Romanza de amor. Yo la ví en el cine Colón de Madrid, por más señas, con mi amigo Diego Díaz Herrero. Los dos integrábamos el equipo de boxeadores que comandaba Juanito Moreno en el gimnasio Juventud.
Grace Moore fue la gran soprano de las comedias musicales de Broadway. Cantó en el Metropolitan Opera House de Nueva York. Fue candidata al Oscar como mejor actriz en 1934 por su trabajo en “One night of love”, Una noche de amor en español.
Se mató (como la actriz de su misma nacionalidad Carole Lombard) en un accidente aéreo, al estrellarse en Copenhague, en 1947, el avión en el que volaba durante una gira de conciertos por toda Europa. Dejó escrita una autobiografía: Sólo se es humano una vez (1944). Kathryn Grayson la personificó en el film Esto es amor (1953.)
Eduardo Brito también hizo una estupenda creación de Siboney.

© José Luis Alvarez Fermosel

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miércoles, 13 de junio de 2012

Lisboa antigua y señorial...


Lisboa antigua y señorial...
enviado por El Caballero Español

Los teléfonos celulares han dado al traste con las viejas cabinas de paredes de cristal de cada esquina de la Lisboa antigua y señorial del fado, en las que siempre había un hombre bien vestido y un tanto enigmático que indudablemente estaba citándose con una mujer.
Siguen surcando la ciudad los simpáticos tranvías amarillos de Lisboa, desde cuyas ventanillas es un placer ver todo lo de fuera como pasado por un sutil tamiz de celofán.
Por la Avenida de la Libertad, una orgía de colores de anuncios luminosos. Agencias de viaje, bancos, camiserías, hoteles de lujo y, de trecho en trecho, esos inefables cafés-pastelerías-tiendas de ultramarinos-quioscos de periódicos,  todo en una pieza, donde se puede tomar el té de las cinco a las seis, o a las cuatro, comprar cien gramos de pimentón y leer una revista mientras un limpiabotas -los de Lisboa son los mejores del mundo- le lustra a uno afanosamente los zapatos hasta dejárselos como espejos.
Los verdes oscuros del Parque de Eduardo VII. El imponente edificio de El Diario de Noticias, uno de los matutinos de mayor tirada de Portugal. Coches,  cines, tiendas de objetos de regalo, mercaditos express…
Plaza del Marqués de Pombal. Un turista sueco o danés, o tal vez alemán del norte, de enmarañada barba rubia, con gafas de carey y un traje Príncipe de Gales color castaño, pasea en dirección a la calle Antonio de Aguiar con un mono parduzco y cansino al que lleva sujeto del lomo por una correa de cuero trenzado.
Hay que pasear un rato por los bulevares, aprovechando los últimos destellos del agonizante sol de la tarde, y en cuanto oscurezca, irse a un café.

El Café A Brasileira

El Café A Brasileira (foto) está abarrotado de escritores, pintores, periodistas, actores y algún que otro politiquillo de chicha y nabo. A Brasileira no deja de parecerse al café Gijón de Madrid, o a cualquier otro de tertulianos de cualquier ciudad del mundo. Hay viejas pinturas, oscurecidas por el humo de los habanos y los cigarrillos –cuando se fumaba- por las paredes. Casi a la altura del techo, las telas amarillentas que son otro de los signos identificatorios de A Brasileira. En la terraza han puesto una estatua de Fernando Pessoa sentado, husmeando unos papeles, como no podía ser de otra manera, tratándose de un escritor.
He aquí un café ideal para recalar en él una tarde como ésta en que llueva, con una lluvia fina y dulce, casi garúa limeña, a la vera de una novia de bellos ojos castaños, de buen físico, que viva sola en las afueras, para explicarle en voz baja cómo se le sube a uno el corazón a la garganta en las tardes de lluvia. Salimos de Brasileira -todo el mundo lo llama así, sin la A inicial-. Farolas y tubos de neón. El asfalto húmedo refleja las luces rojas, azules y blancas de los anuncios luminosos.
El Museo Nacional del Coche está enclavado en el antiguo picadero del Palacio de Belén. Fue proyectado por el arquitecto italiano Giacomo Azzolini. Se exhiben en él vehículos de los siglos XVII, XVIII y XIX, de entre los cuales destacan los carruajes de gala del XVII.
Tanto por la cantidad de ejemplares expuestos como por su belleza, esta colección puede contarse entre las mejores del mundo. Supera incluso la de Versalles, según los entendidos.
Algunas de estas carrozas, por la delicadeza y el lujo de sus pinturas, sus tallas y sus bronces parecen más bien auténticas obras de arte sin más objeto que ser expuestas y admiradas. Se construyeron, sin embargo, para figurar en las ceremonias de la corte portuguesa. Hay también preciosos ejemplares de literas, sillas de mano, berlinas; y calesas, arreos, libreas, uniformes y trajes de corte y de armas.
Salimos de un museo y nos metemos en otro.
En el Museo Nacional de Arte Antiguo hay una impresionante colección de obras de pintores portugueses de los siglos XV y XVI, siglos dorados para la cultura y el arte de Portugal. Lo mejor de los denominados primitivos portugueses: los paineles de San Vicente de Fora.
Tapices. Esmaltes. Grabados. Cerámica y platería. La vajilla Germain, de plata pura, de más de una tonelada de peso en su totalidad, cuyas piezas grandes impresionan por su tamaño y las pequeñas por la extraordinaria delicadeza de su ornamentación.
Y cuadros de Poussin, Rafael, Van Dyck, Reynolds, Brueghel, Cranach, Teniers, Murillo, Velázquez…
Comemos en una especie de tasca de tronío. Cocido portugués: carne de vaca, oreja de cerdo, chorizo, morcilla, repollo, grelos, alubias pintas y
arroz blanco; queso de Roquefort y un vino tinto muy aceptable; con el café, un coñac Aliança decepcionante.

Alfama

Escogemos para llegar a Alfama, el barrio más típico, el más antiguo de Lisboa, el primero de los caminos en que se dividió su recorrido para mayor comodidad de los visitantes. Partimos de la Plaza de la Fuente de Dentro y nos internamos en Alfama por la calle de San Pedro, desde la que se ve la cálebre casa de las columnas, una de las más curiosas del barrio. Llegamos por la rúa de Pocinho a la calle de San Miguel: las torres de las iglesias de San Esteban, a la derecha, y de San Miguel a la Izquierda. Seguimos por la calle Cardosa -al final de la cual está el patio de las Parreirinhas- y subimos por las escalerillas que conducen al Castillo Pisao. Iglesia de San Esteban. Calle Regueira. Callejón del Carneiro…
Volviendo atrás seguimos por la calle de San Miguel hasta la plaza donde está la iglesia del mismo nombre. Damos la vuelta por el lado Izquierdo y subimos a la Plaza de la Cantina Escolar: Calle de las Alcacerías, donde están los manantiales de agua caliente de los cuales Alfama recibió su nombre.
El Callejón de los Perfumes, en el que hay una vieja piedra con las armas de Lisboa. Del lado opuesto, por la calleja de las Bárrelas, llegamos a la plaza de San Rafaelo. Continuamos por la calle de la Judería hasta arribar a una pequeña plaza y desde allí, por el Arco del Rosario, antigua puerta del mar, desembocamos finalmente en Terreira do Trigo.

Reliquia, tipismo, laberinto…

Todo el pasado de Lisboa está anclado en Alfama, dormido, como incrustado en la piedra berroqueña de sus calles melancólicas, en el impresionante silencio de sus minúsculas placitas recoletas; aletea desde cada mirador como el vuelo cansino de los vencejos a la caída de la tarde; brilla con reflejos apagados, de esmalte antiguo, en cada registro de azulejo.
Alfama es reliquia, tipismo, laberinto, alegría, desorden y agitación. Como diría Umberto de Araujo es poesía caída en un clavel del tiesto, lirismo tenso de una pareja al atardecer, cuando las madres preparan la cena; bailes de San Antonio y de todo el año, reminiscencias solariegas, perpetuidad del devenir humano...
Griterío de chiquillos. El pregón de los vendedores de mil y una naderías. Ruinas de viejos caserones. Fuentes. Faroles de hierro forjado. Miradores. Azulejos. Rúas estrechas que se cruzan y entrecruzan para terminar la mayoría de las veces en callejones sin salida.

© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 22 de mayo de 2012

La Estación El Caballero Español recuerdos


Posted: 15 May 2012 12:17 PM PDT

El tren volvía a partir, sucio y mojado, en un mundo oscuro, sembrado de luces muy dispersas.

He venido a la estación a recoger un paquete que me envían de una cercana ciudad balnearia.
La noche está en pañales, como quien dice. La estación bulle de gente. La luz es amarillenta y escasa. Quizás sea la mala iluminación de las estaciones de tren lo que les da un tono grisáceo y provoca ese leve malestar, esas ganas de irse, esa especie de congoja que no tiene razón de ser ni fundamento. El pitido del convoy que se va contribuye a acentuar esa sensación. Además, parece llevarse algo de uno mismo, en venganza porque no viaja en él.
Los trenes se enfadan cuando no se llenan de pasajeros. Saben que mucha gente se desplaza en automóvil, en avión u otros vehículos que tienen menos tradición que ellos y no han protagonizado películas ni libros “best seller”. Eso les da mucha rabia.
Me voy al bar, en pos de un café o un trago de un destilado honroso.
El bar es pequeño, húmedo y huele a café, a mantequilla fundiéndose al fuego y a moho. Hay algunas personas sentadas a las mesas de fórmica, frente a una barra sin banquetas, con campanas de vidrio sobre “sandwiches” de un pálido fiambre inidentificable.
Pido una ginebra, que es bebida de bar de estación de ferrocarril. Me la sirve una muchacha trigueña de ojos tristes. ¿Estará pensando en su novio, o en el tiempo que aún ha de pasar hasta que llegue la hora de irse? 
A lo mejor vive en una localidad suburbana, o en un barrio alejado de la capital y tiene que tomar un tren. Por lo menos ya está en la estación.

Esa grisura melancólica…
En Madrid convirtieron la estación de Atocha (la del Mediodía, la del atentado) en un hermoso jardín tropical -con plantas  gigantescas-, que incluye una cafetería amplia y moderna, con terraza.
Pero esa grisura melancólica característica de las terminales de ferrocarril subyace igualmente bajo la floresta; la tristeza de la estación que impregna el  aire, que huele a gas oil y humedad, parece que fluyera porque sólo viajara en tren gente que se fuera, que nos abandonara. De ahí eso de que partir es morir un poco y despedidas de personas que sollozan y flamean pañuelos blancos; y quizás la mala prensa que tiene el tren, que aparece siempre en el cine como semillero de intrigas, en el que se cometen crímenes o es asaltado por la banda de Jesse James.
Los trenes de lujo como el Orient Express –que dio el último pitido en 2009-, el Transiberiano, los de la India (hay muchos), Colombia, Brasil, Australia (The Ghan), El Bleu Coast y los rápidos como el AVE español, el Tren Bala chino, los de Japón y el White Rose británico parece que estuvieran sólo para salir en el cine y para que escritores como Agatha Christie, Graham Greene, Georges Simenon y otros escribieran novelas sobre lo que pasa en ellos.
Hubo poetas que dedicaron versos al tren, como Agustín de Foxá, a quien he citado en algún otro artículo sobre este medio de transporte, que muchos  consideran romántico

Tren del amanecer; con una lámpara
De acetileno,
Donde muere ciega
La mariposa, azul de los pinares,
Que perfumó la ventanilla abierta.

Recojo mi paquete y salgo de la estación. La noche está hecha una señorita.

© José Luis Alvarez Fermosel

El Ferrocarril Oeste de Buenos Aires (FCO), inaugurado en la ciudad de Buenos Aires el 29 de agosto de 1857, fue el primero construido en territorio argentino y el iniciador de la extensa red ferroviaria que se desarrollaría en los años siguientes. La locomotora bautizada La Porteña, construida en los talleres británicos The Railway Foundry Leeds, fue la encargada de realizar el primer viaje. Actualmente el Ferrocarril Oeste compone el Ferrocarril Domingo Faustino Sarmiento.

El trayecto medía inicialmente 10 km e iba desde la estación Plaza Del Parque (situada donde actualmente se encuentra el teatro Colón, en Buenos Aires) a la estación La Floresta, que en aquel entonces se encontraba en el pueblo de San José de Flores, pero que actualmente es parte de la ciudad de Buenos Aires. Los rieles se tendieron por las actuales calles LavalleSantos DiscépoloAvenida CorrientesAvenida Pueyrredón y luego seguía el actual trayecto del Ferrocarril Domingo Faustino Sarmiento, hasta la mencionada Floresta.
Si bien la propuesta de su construcción fue realizada por un grupo de particulares agrupados en la Sociedad Camino de Hierro del Ferrocarril Oeste, el financiamiento fue realizado gracias al importante aporte de la provincia de Buenos Aires, que en aquel entonces formaba un estado independiente de la Confederación Argentina. En 1863 la provincia se convirtió en única dueña del ferrocarril.
El Ferrocarril Oeste fue para los porteños una de sus mayores glorias, justificada durante los 27 años que perteneció al Estado de Buenos Aires por toda la riqueza que llevó a la ciudad, su eficiencia y sus tarifas más bajas que la de los ferrocarriles administrados por firmas inglesas en el país. La presión e interés de los capitales británicos, y el endeudamiento del Estado Argentino, fueron determinantes para que se lo vendiera en 1890 a la empresa inglesa Buenos Aires Western Railway.

martes, 31 de mayo de 2011

por José Luis Alvarez Fermosel " El Caballero Español"especial para ArquiNoticias

Investigar para crear
Posted: 31 May 2011 03:29 PM PDT
El escritor inglés John B. Priestley dio cuenta en el periódico The New Statesman and Nation de una visita que hizo a Stratford-on-Avon, la ciudad de Shakespeare.
En la primera parte de su artículo decía cosas tan bellas como ésta: “Las piedras de Costwold bañadas de luz…, el huerto de Shallow, bajo las pobladas ramas de los árboles…, las entonadas masas verdes y pardas, y a lo lejos, los descoloridos azules de una vieja acuarela… ¡Qué país, qué maravilla…!”Manfred B. Lee –eximio escritor de novelas policíacas, que junto con su primo Frederic Dannay hizo universalmente conocida la rúbrica Ellery Queen-, se preguntó si esa visita de Priestley a Stratford sugirió a su siempre activa imaginación algo más importante que la mera descripción impresionista del paisaje.
Por ejemplo, un drama o una novela histórica, dada la doble condición de dramaturgo y novelista de Priestley.
Al autor de Ha llegado un inspector, Hora radiante y El tiempo y los Conway, por no citar más que tres de sus obras más famosas, le vino a las mientes, acaso, su inquietante inspector Goole, que le dictó la siguiente reflexión:
“Podría escribirse una buena novela policial acerca de un sabio que, sumido en el estudio de los tiempos isabelinos, es asesinado. La policía no consigue resolver el caso. Un excéntrico detective privado descubre que el asesino es un emisario del Concejo Deliberante de Stratford-on-Avon que estaba a punto de revelar que Shakespeare no escribió nada de lo que se le atribuyó”.Hasta hoy se dice que Shakespeare copió sus obras a otros escritores. Se lo puso en tela de juicio. Se dudó de su sexualidad, de su afiliación religiosa, se dijo que fue un estafador, que padeció de cáncer, que murió de una borrachera. Vamos, lo que se dice normalmente de un escritor -y alguna que otra cosilla más-, o de quien sea que tenga éxito.
De cualquier manera, si Shakespeare hubiera vivido en la actualidad habría investigado todo lo habido y por investigar, e incluso habría navegado por Internet, a ver si descubría el secreto de la locura, o el gérmen del crimen.
Manfred Lee sostiene en un capítulo del libro En el salón de los Queen, titulado Y lo mismo en literatura, que el autor de Hamlet sería hoy tan realista como lo fue en su tiempo.
“Inspirado por ciencias que en su época no se conocían, ¿no hubiera seguido hoy la corriente el buen Will? ¿No es perseguida la demencia por el diagnóstico? Y pisando los talones al homicidio, ¿no tenemos al detective moderno? Pues lo mismo en literatura…”.La investigación acicatea el impulso creador: la inquietud por descubrir al criminal, si el que indaga es un detective, conocer el verdadero carácter de un personaje difícil o saber donde está la noticia, si el que averigua es un reportero; o para un médico hallar la enfermedad real, encubierta por síntomas que la enmascaran.
También releyendo viejos libros el redactor de un dietario, que no otra cosa es un blog, puede sacar a relucir alguna curiosidad, o imaginarse una situación poco común.

© José Luis Alvarez Fermosel
Nota relacionada:
Ellery Queen

jueves, 26 de mayo de 2011

Somos todos "Posmodernos"

jueves 26 de mayo de 2011

Negligencia criminal

Jose Luis Alvarez Fermosel El Caballero Español para ArquiNoticias 


Diecinueve personas murieron en Kinshasa (Congo) al precipitarse a tierra un avión en el que apareció un cocodrilo que provocó un pandemonium.
El saurio se escapó de la maleta en la que le llevaba un pasajero que eludió todos los controles.
Cuando apareció en el avión provocó el pánico general. La gente, enloquecida, se desbandó, tratando desesperadamente de refugiarse en la cabina de los pilotos. Se produjo un desequilibrio en la aeronave que determinó su caída.
Cuesta trabajo pensar que tantos controladores aéreos hayan sido capaces de incurrir en una negligencia que resultó criminal.
El hecho, estremecedor, pone una vez más de relieve la estupidez de esta sociedad posmoderna, cuyos integrantes vagan por sendas perdidas, que diría Heidegger.
Los seres posmodernos son torpes –menos para manejar los “gadgets” de la informática-, irresponsables; se manejan con valores devaluados y una indiferencia y una estolidez rayanas en la debilidad mental. Hay excepciones, por supuesto.
Todos los días nos enteramos de barbaridades como la que hoy comentamos. Los medios informativos suelen ocuparse de ellas por poco tiempo y con gran “nonchalance”.
El factor humano sigue fallando. Los hombres, el hombre posmoderno, para ser exactos. Las mujeres no cometen tantas estupideces, ni de tan grueso calibre.
El presente está completamente degradado. No sé qué podemos esperar del futuro.
La tendencia a reducirlo todo al mínimo común denominador impulsa hacia los pensamientos débiles, las ideas elementales y las filosofías del “statu quo”.
Aunque todo esto parezcan disquisiciones para andar por casa, tiene que ver con la decadencia de los valores del ser humano posmoderno.

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:
Un cocodrilo escondido en un avión mata a 19 personas en un vuelo en el Congo